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domingo, 23 de septiembre de 2007

Lenguaje: usos y significados

En sus Confesiones, san Agustín relata cómo era el aprendizaje del lenguaje humano en sus años de niñez. Los adultos señalaban una cosa o hacían un gesto, y simultáneamente pronunciaban un nombre, y así la repetición de este acto iba adiestrando al niño sobre cuál palabra era signo de cuál cosa. Enraizada esta práctica lingüística, el pequeño Agustín podía servirse de la misma para la exteriorización de las afecciones de su alma y, como él lo recuerda, de sus deseos.
De esta explicación se vale Ludwig Wittgenstein para describir una vieja forma de concebir el lenguaje que ya en la Grecia clásica generaba discusiones: el hablar como nombrar, el nombrar como etiquetar, como mera mostración de un estado de cosas en la que, a determinada palabra, correspondería un determinado (o determinante) significado. Y Wittgenstein compara la concepción agustiniana con un eventual lenguaje en el que, para dar cuenta de las acentuaciones, puntuaciones, exclamaciones, etc., debiera existir una letra; un uso para cada término, una restricción en la aplicación de los elementos de la lengua, como si no se pudiera esperar de ellos otros alcances.
Si el acceso de los niños a la lengua se da en estos términos no se han de esperar grandes dificultades en la sustantivación, en el conocimiento del qué es de los individuos y las cosas. Pero cómo puedan comprender el qué es de las acciones, de los adjetivos y de los otros tipos de términos es una cuestión que se presenta menos clara e inmediata. ¿Revela esta incertidumbre una insuficiencia del lenguaje entendido como “aprendizaje ostensivo”, es decir como aprendizaje mostrador de la realidad? Pues la enseñanza o definición ostensiva produce en el hablante una asociación entre la palabra y el objeto al que está dirigida, adiestrando a comprender la palabra en un uso o alcance limitado, único. Pero no siempre el lenguaje es una evocación de imágenes, objeta Wittgenstein.
Es cierto que en el uso de las palabras se explicita lo que se quiere señalar o designar con ellas, pero he de aquí que el hablante se topa con una misma terminología que se emplea con diversas funciones, y el lenguaje se sacude de sí ese carácter de univocidad restringida, tornándose problemático. ¿Pues qué ocurre con “esto” o “la”, que si bien son palabras no son el nombre de un estado de cosas? Ante la evidencia de que hablar no es un mero señalar cosas, el lenguaje, hasta ahora cosificado, debe admitir una complejización, una multiplicidad de eficacias y, por ende, de posibilidades de significación. Ya la enseñanza ostensiva ha demostrado estar en aprietos a la hora de dar cuenta de lo que es una cantidad, una cualidad o una acción, y también que tiene serias dificultades en hacer un abordaje interpretativo de la realidad, en hacer abstracciones, en captar lo común. “Toda explicación puede ser malentendida”, cerciora Wittgenstein, ¿pero explica acaso algo el aprendizaje ostensivo, o es sólo un adiestramiento arbitrario, una vacía comunicación de nombres? Y luego agrega que la definición ostensiva adquiere sentido unicamente cuando el hablante comprende el uso de las palabras en los contextos del lenguaje, es decir los significados que pueden competerle a las mismas.
El autor desarrolla en sus Investigaciones filosóficas la noción de juego para referirse a las prácticas lingüísticas, pues halla que son numerosas (y con reglas específicas), que son diversos los tipos de oraciones; que los usos del lenguaje se repiten, pero también se renuevan o se descartan. Y así, el habla como nombrar es uno de tantos juegos, y en ellos las asociaciones ostensivas pueden ser muy diferentes, o puede no haber mostración de ningún tipo. Basta pensar en exclamaciones, en preguntas, ¡en preguntas retóricas, donde nada se está preguntando y sí afirmando!
El lenguaje es un sitio de significación. Nombrar parece ser reunir a un término con un objeto, y la gracia de la palabra sería significar, corresponder a algo, pero Wittgenstein advierte a san Agustín y a todos los hablantes que no se debe confundir un significado con el portador del nombre, y que no tienen por qué ser lo mismo. Sólo una pequeña concesión: Para algunos casos, pero no para todos, el significado de una palabra es su uso en el lenguaje, y se explica señalando al portador.
Sintetizando, primero Ludwig Wittgenstein relativiza que nombrar sea fijar un cartel a algo y que aprender el lenguaje consista en nominar objetos. Segundo, las palabras, y las oraciones que conforman, tienen usos y significados heterogéneos, y más que como etiquetas se emplean como instrumentos, puesto que el lenguaje, como enseña Platón en el Cratilo, es una acción como tantas, una actividad, una práctica. Y, tercero, la definición ostensiva puede ser interpretada de disímiles modos, pero las palabras, sus usos y las cosas revelan que hay múltiples significados en juego, y todos ellos emparentados.
Wittgenstein, Ludwig, “Investigaciones filosóficas”, México-Barcelona, Crítica-Grijalbo, 1988, parágrafos 1 al 46 y 66 al 70.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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